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martes, 17 de febrero de 2009

CLASES MAGISTRALES




A qué llaman unidad


por Antonio Álvarez-Solís


Es inevitable que pudran la política, disgreguen la sociedad y, por tanto, la destruyan como ente orgánico quienes denominan libertad a la sola capacidad para realizar sus maniobras y entienden por Derecho únicamente lo que ampara sus violencias frente a los disidentes. Esos «quienes» acostumbran a violar la libertad y el Derecho en nombre de la unidad que, según ellos, ha de conducir a los pueblos a una existencia mágica, sin ninguna clase de enfrentamientos, salvo aquellos irrelevantes y vicarios con que justifican su escurrida democracia. Son los falsos profetas que, anclados en su inmovilidad y egoísmos, claman contra la renovación de la vida e impiden el cultivo abierto y fructífero de las ideas, en muchas ocasiones en nombre de la paz. Detienen la vida hasta transformarla en un existir deshuesado e inane, en un juego virtual de posibilidades que realmente resultan vacuas. Recuerdan con su retórica al cardenal Richelieu cuando en su majestuoso despacho de amo de Francia reprobaba las manifestaciones de los súbditos hambrientos con la famosa advertencia: «¿Pero no estamos bien así?».
¿A qué llaman unidad los que tejen las constituciones inalterables, promueven las leyes prevaricadoras y deciden la Policía del espíritu como si repartiesen el pan de la paz? Contemplando su gobernación de las cosas uno se pregunta si debemos hablar de unidad refiriéndonos al marco en que todos puedan decidir sus posturas múltiples o hemos de aceptar como unidad aquella situación en que el pueblo queda inmovilizado en las instituciones y es castrado para la creación histórica. ¿Unidad para la creación de vida numerosa o unidad para la protección de los intereses unilaterales con una vida única y dada?
Lo cierto es que la unidad no se expresa en el contenido único de lo que se propone, sino en la habilitación de un mismo marco donde todo puede proponerse. La unidad es un concepto formal referido al marco que facilita todas las posibilidades. Estamos unidos para convenir en paz o para disentir en paz; para atarnos voluntariamente o para separarnos sin que se criminalice a quienes desean separarse. Podemos estar unidos a fin de lograr una desunión materialmente razonable. La unidad es una pura página en blanco sobre la que todos pueden escribir sus ideas. La unidad es el continente y no el contenido. No se consuma en la reducción a uno del contenido ideológico sino que garantiza la posibilidad del contenido como múltiple. Somos unitarios para salvaguardar la diversidad bajo la propuesta de que queremos para que tú quieras: estamos unidos en la voluntad de ser diversos. Por eso agravian a tantos ciudadanos textos como el del artículo segundo de la Constitución de 1978, en el que se afirma con absoluta rotundidad: «La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas». En este artículo la unidad ya no constituye un marco formal capaz de libertades para la diversidad, sino que determina el contenido único respecto a la españolidad de los habitantes del Estado español. Es la Constitución dictada por un pueblo dominante para evitar la libertad máxima, que es la de ser o no español. Estamos, pues, ante un artículo de contenido políticamente excluyente, ya que ampara una situación de unitarismo indisoluble y a la vez paradojal por contradictorio, pues no resulta lícito hablar de nacionalidades sin dar a las mismas toda la dimensión que constituye su perfil implícito, que es la de otra soberanía posible si así lo quieren esos pueblos a los que subyacentemente se les reconoce un origen no español. La contradicción parece patente y, sobre todo, agraviante, ya que sus redactores la originan al distinguir con una conciencia penumbral entre nacionalidades y regiones. ¿Qué constituye la nacionalidad sino un derivado administrativo de nación, que es el sustantivo que debe tenerse en cuenta?
La consecuencia más grave de este unitarismo es que afecta a la raíz misma del ser nacional y, por tanto, deriva en la supresión de la personalidad fundamental de los ciudadanos que rechazan su españolidad. La unidad deja de ser, inevitablemente, un concepto formal que facilita la presencia de todas las posturas para tornarse en imperio de una decisión ideológica. Una serie de ciudadanos regresan de su condición de ciudadanos, según pretende la Constitución, para readquirir la de súbditos, como lo fueron en tiempos de la sangrienta dictadura. Evidentemente, desde esta óptica la unidad se niega a sí misma como plataforma de presencias múltiples para convertirse en arma unidireccional con contenido políticamente operativo y opresor.
Lo anterior abre a su vez una segunda meditación. Se trata ahora de aclarar si la incapacitación de todo un pueblo para decidir sobre sí mismo, mediante la coartada constitucional de la unidad, no produce una ciudadanía de segundo orden o de rasgo colonial. Si esta ciudadanía se ve negada en su esencia nacional, lo históricamente previsible es que ese pueblo se constituya en un foco de rebeldía y enfrentamientos graves, que pueden alcanzar la característica de lucha armada. El error más grave que puede cometerse después es calificar de terroristas a quienes hacen frente a la dominación y fabricar acusaciones derivadas por el elemental mecanismo de la inducción. Con ello se menosprecia a todo un pueblo y se arruina la posibilidad formal de la unidad como plataforma de encuentro para alcanzar la simple pretensión de la paz y la buena relación entre comunidades étnica, histórica o políticamente distintas. Llegados a este punto de violencia, la relación se convierte en imposible y sólo cabe una solución de arbitraje.
También conduce a una tercera reflexión este estado de violencia suscitada por la dominación de quien maneja la sartén constitucional. El estado dominador descalifica a sus propias instituciones con el uso torpe e inmoral que hace de las mismas. Y no sólo las descalifica ante la ciudadanía dominada y crecientemente agraviada por esa opresión cada vez más áspera, sino ante muchos de sus propios ciudadanos que realizan un análisis severo de la situación. Cualquier ciudadano del estado dominador medianamente avisado teme que esas instituciones desmanteladas de moral pública acaben por afectarle a él en cualquier momento y ante cualquier situación. Unas instituciones que son manejadas por el simple motor de un poder temeroso de operar merced a una soberanía razonable son proclives siempre a oprimir a sus propios ciudadanos. El poder corrompido resbala inevitablemente por una pendiente fascista que se acentúa cada vez más. La violencia institucional no sólo se ceba en los oponentes claros a sus pretensiones, sino que acaba por vivir merced a la creación de un enemigo interior que la justifique, muchas veces hallado en el seno de la ciudadanía afecta, que acaba también corrompida. Como escribe Wright Mills en «La élite del poder»: «Puede haber hombres corrompidos en instituciones sanas, pero cuando las instituciones se están corrompiendo muchos de los hombres que viven y trabajan en ellas se corrompen necesariamente». En esta situación estamos. Euskadi se enfrenta a un Estado radicalmente corrompido y a dirigentes que se han corrompido en ese Estado y han corrompido los conceptos éticos y políticos que deberían determinar una recta gobernación. Pero tratan de taparlo todo con conceptos morales debidamente falseados; uno de ellos es el concepto de la unidad como tapadera de la injusticia.

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domingo, 1 de febrero de 2009

CLASES MAGISTRALES



El Guantánamo español
por Antonio Álvarez-Solís

Según la Encuesta de Población Activa, en España hay 827.000 hogares en los que ninguno de sus miembros tiene trabajo. Es decir, que si suponemos que cada hogar esté formado por cuatro personas el resultado es que 3.300.000 seres viven en una total desolación económica y, por ello, víctimas de una terrible desmoralización, que es enfermedad atroz. La cifra aún resulta más estremecedora si contamos esos seres condenados a la nada sobre una población del Estado que ronda los cuarenta y seis millones de almas. Si tomamos conciencia clara y cierta del dolor que ha de atenazar a esos desposeídos del sustento -el sustento es mucho más que la sopa de caridad y el obsequio de algunas prendas- no es hiperbólico hablar del Guantánamo español. Y no es hiperbólico porque los sufrimientos no se reducen sólo a los que se enmarcan en la escalofriante acción de la Policía o los tribunales, con ser ésta voluminosa y de aterradora brutalidad. Hago esta simple observación porque el prometido cierre del Guantánamo norteamericano ha producido una cálida onda de afecto hacia el presidente Obama, al que Dios guarde de banqueros, militares, prelados, jueces y otro personal por el estilo, ya que vemos en su inicial política una posible reposición de los derechos humanos, aniquilados por tantos poderes actuales.
Es urgente que finalicen las torturas en los centros policiales inferidas con dos propósitos: el primero y más importante, la fabricación de culpables sin base alguna en la inmensa mayoría de las ocasiones, y después con el objetivo de entregar esos culpables a las masas -¿a quién preferís a Jesús o a Barrabás?- como prueba de los horrores que esperan a la ciudadanía si no ofrece sumisión ciega a los grandes sacerdotes, torturadores empecinados. Obama trata de extirpar la violencia institucional, simbolizada en esas torturas, como prenda de una nueva era que regrese a lo mejor del liberalismo burgués que, con todos sus defectos, despierta -¡quién lo diría!- nostálgicos recuerdos ¿Pero basta con eso? No. No basta. La tortura está también en la guerra, en el hambre, en la enfermedad desatendida, en el desequilibrio social, en la ruin separación de clases, en la imposición ideológica, en el atentado al pensamiento, en la simulación de la libertad, en el comercio obsceno, en el lenguaje arrogante, en la misérrima sacralidad de las instituciones, en la indecencia de la verdad sin razón...
Oigamos, como pequeña prueba de lo que antecede, lo que opinan los gobernantes españoles de esos tres millones y medio de seres sin esperanza alguna de trabajo y, por tanto, de sustento. En primer lugar escuchemos a la cínica vicepresidenta del Gabinete: el Gobierno vigilará -dice- la situación de los hogares en total desempleo para cumplir con el compromiso de «no abandonar a nadie a su suerte». Subrayemos: el Gobierno «vigilará»... Tiempo de futuro. ¿Y qué va a vigilar? Cuando llegará la elemental ayuda fruto de esa vigilancia? No se sabe. Es más, al parecer no se había vigilado esa enfermedad social. Prueba de esa falta de vigilancia es la referencia del secretario de Estado de Economía del Gobierno de Madrid, Sr. Vergara, al recordar el compromiso del Ejecutivo de aportar las dotaciones suficientes a fin de que «no haya carencia». No enumera el secretario de Economía qué clase de dotaciones cabe esperar, aunque el jefe del Gobierno, Sr. Zapatero, materializa la intención en la petición a los empresarios para que «mantengan todo el empleo que puedan». Petición tierna, ruego educado. Pero ¿no tiene poder el Gobierno para mejorar los salarios y cambiar la catastrófica dirección económica? No. Una vez más: no puede. Pertenecemos a una economía de mercado y las reglas de la libertad económica son sagradas, ya que al parecer constituyen el marco en que se realiza el individuo. Pero ¿qué clase de individuo? Sin embargo ¿no han quebrantado los gobiernos la respetada libertad económica cuando han destinado cantidades ingentes a sostener a las instituciones financieras y a las gigantescas empresas que desangraron a la sociedad? ¿Por qué gobiernos que intervienen en tan benéfico rescate -a agentes económicos que además no transfieren a la producción y al consumo las ayudas recibidas- son incapaces de decretar un razonable nivel de salarios para ayudar a los asalariados? ¿Es que el Supremo Hacedor decidió tan cruel desigualdad cuando abrió la puerta a la creación futura de las VPO tras la expulsión del Paraíso? La conversión del dinero en la única mercancía del sistema apoyada nada menos que por los que se autodenominan socialistas... ¡Santo cielo qué cinismo! ¡Qué unión de la contumacia con la contumelia!
Lo que exaspera aún más al observador honrado de este inhumano tejemaneje -hasta el punto de conducirle a la entendible violencia- es que se persiga a todos los que quieren recuperar el socialismo real para enfrentarse a la consagrada minoría. Cuando llega la hora electoral, como sucede ahora en Euskadi -cabeza, fuerza y antemural del pueblo de Euskal Herria, con frase prestada por el escudo municipal de A Coruña-, parece obligado entregar la conciencia a pensamientos comunistas y nacionalistas a fin de rescatar la nación como voluntad política libre frente al Estado. La nación genuina, la que tiene su infalsificable aguja de marear. La nación no contaminada por el poder estatal contemporáneo, que siente en sí el latido de lo colectivo y que es capaz de edificar una economía orgánica y decente donde el trabajador, el consumidor y la financiación formen parte de un mundo abarcable y dominable por la calle frente a la trampa globalizadora. ¿No habrá querido usted, ministro Sebastián, referirse a ello cuando recomienda el consumo de productos nacionales como forma de estimular el empleo y fortificar la infraestructura social? ¿A ese punto de arrepentimiento le ha conducido su pecado globalizador? Los nacionalistas y los comunistas -a los que me gustaría ver de la mano en la complicada marcha tan acosada por las fuerzas del orden y zarandeada por los tribunales- deberían aprovechar estos momentos para incitar a una construcción mundial en que los trabajadores, -desde su verdadera realidad nacional y conscientes de la necesaria socialización de lo que es social por naturaleza de las cosas- marcharan junto a otros trabajadores y otros pueblos en un verdadero internacionalismo libre de la peste globalizadora.
Yo no sé si todo esto que digo es lícito, ilícito o paralícito. Algo de heterodoxia debe tener cuando una especie de temor indefinible se apodera de mí al decir lo que digo. De cualquier forma me consuela la sensación de que vamos dejando atrás esa historia en que, como decía William Hazlitt, «el pueblo no es capaz de ofrecerse voluntario para una rebelión por simple prestigio de lo nuevo». Quizá sea que lo que era nuevo hace tantos años ya no es nuevo y ha producido el aparente milagro de sentar en el despacho oval a un negro, descendiente de aquellos que entonaban los espirituales junto al fuego del anochecer para mostrarle al amo -el lord, dios temido en los galpones- que les sangraban las manos.
Hay muchos Guantánamos por clausurar. No se trata, sólo, repito, de la tortura bestial en un cuartel o un descampado, sino de rescatar para la vida a aquellos que la sufren en despaciada muerte. Esos Guantánamos en que mueren niños de hambre y de metralla. Pero, como dice el proverbio, «amanecerá Dios y medraremos», sobre todo si sabemos marchar unidos ante las urnas y sostener esa unidad en la calle. Luego se revolverá el Fumanchú de los ojos oblicuos, pero ahí estaremos.

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miércoles, 21 de enero de 2009

CLASES MAGISTRALES



Libertad para la servidumbre
por Antonio Álvarez-Solís

No sé en que acabará la persecución contra D3M, pero produce una espesa repugnancia esa práctica del acoso. La supresión de la libertad de pensamiento destruye el ser, que se realiza en el acto de pensar. No es posible hablar de libertad o democracia si un solo pensamiento queda sin comunicar. Hasta los místicos, esos seres que parecen enclaustrados en sí mismos, necesitan transmitir sus arrobos y sus ansias interiores. Sin sabernos en los demás, no somos. El ser humano se perfecciona por el pensamiento comunicado.
He creído siempre que la tarea esencial del gobernante estriba en admitir, más aún, en estimular, todo tipo de pensamiento moral y político. Facilitar la circulación de las ideas equivale a elevar la calidad de la vida colectiva. En España quizá esto que digo sea poco entendible, pues la postura española ante las ideas siempre es de desconfianza. El español vive en la incomunicación. Esto le impidió todo progresismo ideológico, científico y económico. El «que inventen ellos» de Unamuno restó creatividad a los individuos, hasta el punto de convertir a los españoles en seres incapaces para la Filosofía, que se sustituyó por una tentativa de estética epidérmica, barroca, enrevesada y vacía. El resultado es un país anclado, incapaz de toda navegación intelectual.
Piensa en todo ello el Gobierno actual, ya que los anteriores no lo hicieron? Desde luego, la cacareada socialdemocracia parece reducirse a juegos verbales que se disuelven en mil gestos reaccionarios. La prueba del algodón de lo que afirmo está hoy en la postura de Madrid sobre Euskadi. Euskadi no molesta gran cosa, creo yo, porque acontezcan en él ciertas violentas. Euskadi incomoda porque es un horno de pensamiento político y social. El soberanismo vasco -muy superior hoy al catalán- supone la ruptura con un Estado muñido por poderes inmóviles. Un Estado no sólo inconveniente, sino corruptor de cualquier movimiento democrático. Pensar Euskadi en ese Estado equivale a entregarlo ahora al dominio socialista y a perder para la sociedad la fuerza renovadora que representa el soberanismo vasco. Esta absorción, que trata de camuflarse inútilmente con el concepto abstruso de plurinacionalidad, obliga a España a realizar unas absurdas maniobras intelectuales para atraer a ciertos vascos con quiebros que a la postre se convierten en imposibles, ya que no surgen de una auténtica biología ideológica. Si algo delata al PSE como un partido incapaz de verdadera vasquidad es el elemental juego para incardinar la realidad euskaldun en la unidad española. Esa pretendida unidad en torno al nacionalismo español, vistiéndola de pluralidad nacional, ha teñido siempre de reaccionarismo a la sociedad española. La prueba de esta aseveración está en que el Estado español -que siempre fue un Estado de la Corona- se opuso en todo momento y con una furia ciega a todo cambio, y no hablemos ya a una revolución. Así se estrangularon los prometedores intentos nacionales de catalanes, gallegos, valencianos y vascos. España nunca consintió convertir su Estado en un marco válido de alojamiento para las naciones peninsulares que no son españolas. Los mismos brotes primeros de burguesismo, que se dieron en la Andalucía comercial de finales del siglo XVIII, burguesía que pretendía ser puente entre las posesiones americanas y la España interior, fueron asfixiados mediante diversos expedientes. Andalucía se contrajo consecuentemente sobre sí misma y acabó reducida a la voluntad cerealista de su aristocracia ocupante, que nunca dejó de ser castellanista. Solamente los vinateros importados lograron abrir una inútil ventana hacia el exterior. Se los tragó el andalucismo de atrezo.
Sucesivamente han ido cayendo formaciones políticas, desde Batasuna hasta los últimos intentos partidarios. Los vascos de nacionalismo soberanista o sus adyacentes -me pregunto de nuevo qué es un nacionalismo no soberanista- siguen, empero, reapareciendo en el guiñol con sucesivas figuras que reciben el clásico palo del maléfico muñeco pseudo-jacobino apenas aparecen en escena. Cavilo, a la vista de todo esto, si no se fomenta con tozudez la ira vasca, ya que la represión no sólo encalabrina a los radicales, sino a todo vasco que ve despreciada su nación. Hay que ser muy frívolo para no sentirse afectado por esa onda expansiva de la bomba españolista. Es más, esa onda expansiva alcanza y hiere a los contados españoles que creen verdaderamente en el papel vasco para reponer la libertad y sanear eficazmente la democracia.
Al pie de unas nuevas elecciones vuelvo a reflexionar acerca del papel del Partido Socialista de Euskadi en la consulta. ¿Para qué quiere ese partido llegar a la Lehendakaritza? Evidentemente para fabricar una política antinacionalista desde las instituciones vascas y entregar una vez más a la nación euskaldun a Madrid tras darle en la mejilla un beso pérfido. Al respecto me sorprende que en barrios obreros de algunas ciudades asomadas a la ría se mantenga vivo el voto socialista, que ya fue envenenado de españolismo por Indalecio Prieto en su día. Si realmente esos votantes se complacen en su vida vasca, como vida superior a la rígida y lamentable vida española, incurren en una contradicción muy difícil de explicar desde una lógica elemental. Euskadi, aunque con todos los tristes revoltijos nacionalistas que se dan en su seno, ha logrado cotas sociales más confortables que aquellas en que viven Extremadura, Castilla, La Mancha o Andalucía -y no desconozco las censurables desigualdades sociales vascas- merced a una cierta capacidad de autogobierno, desde luego más social que política. Los vascos siempre han practicado algún tipo de soberanismo en el terreno económico y cultural, aunque fuera en condiciones de opresión y aún de violencia por parte del poder central de España. Ha sido un soberanismo que Madrid ha tratado de ahogar reiteradamente con escandalosas armas administrativas, policiales y judiciales, incluso calificando cínicamente de asistencia al terrorismo concretas acciones de política abierta.
España teme que se descosa en su vestido estatal el débil hilván vasco y que por ahí empiece la desnudez de la oscura realidad española. A veces rueda mi pensamiento preocupadamente por la ladera peligrosa que algunas políticas de verdadera izquierda social bordean con un extraño reparo a herir al Estado español. Lenin -y valga la cita sobre todo para los comunistas que tropezaron con la piedra del eurocomunismo- postuló con absoluta claridad que se debía «vincular la lucha revolucionaria por el socialismo con un programa revolucionario en cuanto al problema nacional», advirtiendo a continuación de que «queremos la unión libre y debemos, en consecuencia, reconocer la libertad de separarse». Cada pueblo ha de protagonizar su existencia histórica -económica, social y cultural- desde su hecho nacional. La época va demostrando que el sueño en grandes espacios políticos -como es el enredo de la globalización- ayuda a los poderes oligárquicos y no a la lucha de los trabajadores, que precisan un escenario más reducido como es el auténticamente nacional. El internacionalismo socialista requiere escenarios más dominables. El comunista precisa apoyarse en su propia nación a fin de entenderse digna y sólidamente con las otras naciones y los demás comunistas. Todo lo que postule un centralismo estatal basado en cerrojos no puede alimentar ningún movimiento que conduzca a la paz propia del colectivismo. En el seno de los estados actuales -pura fórmula de policía- lo que se entiende por libertad no es más que una reducción a la servidumbre. A partir de ahí que cada cual lea como le parezca su libro de horas.
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martes, 6 de enero de 2009

CLASES MAGISTRALES







Bush ha aprovechado sus vacaciones de Navidad para reafirmar con un elemental cinismo su postura sobre el genocidio de Gaza. Ha hablado, sin más, del derecho de Israel a su defensa. Pero a este elemental argumento, desnudo de todo matiz y antecedente, ha acompañado un impúdico menosprecio: ni siquiera ha hablado Bush personalmente de esa tragedia, sino que ha encargado la expresión de su postura a un portavoz, género menor de funcionario. El jefe del mundo ha decidido que mientras Hamas lance algunos cohetes la razón de Israel para proseguir la matanza masiva es evidente. Pero ante los centenares de muertos palestinos y de los millares que yacen postrados en los hospitales vacíos de todo remedio por imperio del bloqueo -la ministra de asuntos exteriores de Tel Aviv ha dicho que la situación humana en Gaza «es como debe ser»- el Sr. Bush no se ha dignado hacer una comparecencia en la Casa Blanca y hablar de modo directo desde el despacho oval. Simplemente ha ordenado al Sr. Gordon Johndroe, caballero de quien el mundo tiene una remota noticia, que informe una vez más al planeta de los simios -supongo que así ve la Tierra el Sr. Bush, con la estatua de la libertad al fondo- de su decisión de continuar el apoyo al Gobierno de Israel.

El jefe piensa desde el rancho
por Antonio Álvarez-Solís
Una de las realidades más destructivas entre las que pueblan el mundo actual quizá sea la falta de pudor en los comportamientos públicos. La liviandad de esos comportamientos, tanto gestuales como verbales, destruye todo respeto de la ciudadanía hacia sus dirigentes, que se manifiestan con la frivolidad más absoluta. Grandes y graves cuestiones -sirva de ejemplo actual la ya vieja maniobra israelí para provocar a la nación palestina- son abordadas por los espoliques de Israel con una simplicidad gestual que trata de disolver toda la trascendencia moral y política de la gravísima situación. Recurramos a la última y obscena ligereza: Bush ha aprovechado sus vacaciones de Navidad para reafirmar con un elemental cinismo su postura sobre el genocidio de Gaza. Ha hablado, sin más, del derecho de Israel a su defensa. Pero a este elemental argumento, desnudo de todo matiz y antecedente, ha acompañado un impúdico menosprecio: ni siquiera ha hablado Bush personalmente de esa tragedia, sino que ha encargado la expresión de su postura a un portavoz, género menor de funcionario. El jefe del mundo ha decidido que mientras Hamas lance algunos cohetes la razón de Israel para proseguir la matanza masiva es evidente. Pero ante los centenares de muertos palestinos y de los millares que yacen postrados en los hospitales vacíos de todo remedio por imperio del bloqueo -la ministra de asuntos exteriores de Tel Aviv ha dicho que la situación humana en Gaza «es como debe ser»- el Sr. Bush no se ha dignado hacer una comparecencia en la Casa Blanca y hablar de modo directo desde el despacho oval. Simplemente ha ordenado al Sr. Gordon Johndroe, caballero de quien el mundo tiene una remota noticia, que informe una vez más al planeta de los simios -supongo que así ve la Tierra el Sr. Bush, con la estatua de la libertad al fondo- de su decisión de continuar el apoyo al Gobierno de Israel.
Ahí está, volviendo al tema, una muestra escandalosa de impudor. Cuando la burguesía llamada liberal era aún propietaria del negocio humano los jerarcas trataban de dar a sus expresiones políticas un cierto revestimiento de cortesía desde la majestad formal del cargo. Más aún, aquellos jerarcas evitaban referir su veraneo a los periodistas en una sociedad muy escasa de veraneantes. Digamos simplemente que se guardaban las formas. Ni se lucían residencias campestres, ni se mostraban barcos de recreo ni siquiera se hablaba de portavoces dedicados a tachonar el ocio con disparates como los que actualmente protagonizan los llamados estadistas. Un ejemplo: don Antonio Maura, rico por su bufete, llevaba discretamente a veranear en Santander a las hijas de otro conservador eminente, don José Sánchez Guerra, que había sido presidente del Gobierno y carecía de medios para pagar a su familia este descanso estival en Cantabria. Eran gente reaccionaria, pero pudorosa. Ahora son simplemente fascistas y sueñan con el refugio del águila. Si cabe la ironía en este caso que rezuma sangre vale recordar aquella frase de Thomas de Quincey en su obra «Del asesinato considerado como una de las bellas artes»: «Uno empieza por permitir un asesinato, pronto no le dará importancia al robo, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor y se acaba por faltar a la buena educación y dejar las cosas para el día siguiente». Sr. Bush: analice cada término de la frase y dígame si se reconoce. Hago abstracción del día del Señor porque ustedes han decidido usarlo con absoluta y blasfema irreverencia.
Es posible que estas observaciones mías sobre el pudor suenen a retórica caducada, a elegancia trasnochada. El mundo actual se desliza tan deprisa por el vértigo que no capta lo repugnante que resulta. Pero si se escarba con algún rigor en él no es difícil concluir que esa carencia de formas externas de cortesía responde a un interior espiritual totalmente agostado, desértico, cruel. No hablamos, por tanto, de una limitada innecesariedad gestual producida por la moda vigente, que hace de la eficacia inmediata y de sus gestos un modo radical de incomunicación, sino precisamente de toda la moda política y moral presente. En suma, de un mundo irrespirable. Transmitir unas escasas palabras por medio de un irrelevante portavoz desde el lugar de vacaciones y acerca de una masacre que enferma el alma de los seres honrados revela hasta qué punto el desprecio al ser humano surge de la infectada médula moral de una gran parte de los políticos actuales. No se trata, pues, de un simple déficit de urbanidad. Esos políticos funcionan en un club en que al güisqui le echan agua para dar un tono de sobriedad mundana. La verdad es que no les gusta el güisqui ni entienden la sobriedad. Son una partida de alcohólicos sin causa.
Me planteo con el correspondiente rigor si esas impudicias que hoy me muelen no forman parte de la violencia institucional. Matar seres humanos de manera tan liviana moralmente y hablar de ello con tan fenomenal desdén para el dolor de los que sufren convierte la vesania en una forma doblemente grave de violencia pues indica impunidad en la acción y menosprecio de la existencia. No hay en esas muertes -por más que las muertes sean siempre deplorables- ni un ápice de argumentación moral. Esas muertes no pretenden redimir, aunque sea trágicamente, una injusticia sino conservar un poder inmundo. No sirven para edificar un mundo mejor, que por otras vías puede edificarse. Son muertes contables que se asientan en el lugar correspondiente del Libro Mayor. Muertes que se decretan desde la cumbre oscura según leyes creadas escandalosamente para delinquir. A propósito de esas leyes el teólogo John Robinson escribe lo siguiente: «El lugar que ha de ocupar la ley es un lugar marginal que le permita proteger la libertad, pero no ocupar un lugar central desde el cual pueda negarla». Pero ¿qué es ahora la libertad sino una serie de fórmulas que burlan de la correcta razón?
Para hablar del exterminio palestino habría que revestir al menos una cierta solemnidad que quedaría enmarcada por dos vectores: la reverencia que se debe siempre a la muerte y la calidad de las ideas. Ni una cosa ni otra se observan en torno al aniquilamiento de palestinos por parte de quienes están encargados de administrar un mundo mayoritariamente cargado de servidumbres. Dirigentes vergonzosamente aconchabados en el cuidado de una hacienda siniestra. En el caso de los gobiernos de Israel jamás llegué a saber por qué los judíos están profundamente engastados en la violencia desde hace miles de años. O la sufren o la causan. Protagonizan un holocausto reversible. La primera impresión que el observador tiene acerca de este mecanismo sangriento es que esa violencia ejercida o padecida es la triste argamasa de una identidad patológica. En los viejos tratados de psiquiatría se definían estas alteraciones de la percepción y su respuesta como una dolencia que hace sufrir al que la padece y a aquellos que le rodean. En la historia se dan casos de desequilibrio colectivo en los pueblos. Podríamos referirnos a la histeria colectiva, tan frecuente, con sus delirios correspondientes. O también hacer algunas consideraciones sobre un narcisismo desesperado. Pero estos estados, más o menos graves, tienen un cierto carácter temporal, aunque dejen su huella. Menos, según lo que parece, en Israel. Su delirio es permanente y está servido por una sobredosis de inteligencia. No hablo de nada satánico. No me gustan estas deducciones. Simplemente me limito a tratar de esta carcoma de la paz.

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sábado, 6 de diciembre de 2008

CLASES MAGISTRALES





La confesión inconfesable
por Antonio Álvarez-Solís (*)

Por ahora resulta ininteligible lo que quieren hacer con el sistema social existente los propietarios de la sociedad. Cabe imaginar que tratan de salvarse, pero salvarse ¿de qué o de quién? Lo más seguro es que traten de salvarse de sí mismos. Por ello sus declaraciones nos llevan a la confusión más absoluta. La derecha que abreva en la desregulación económica solicita una mayor intervención del estado en la economía. Quiere socialismo de tránsito. La izquierda, que dice anclar en lo social, solicita una libertad sin cortapisas para reponer el modelo de sociedad en los términos anteriores. Es decir, desea capitalismo. Los economistas de ambos credos, sumidos en el mayor de los fracasos teóricos y operativos, reclaman a la vez un mercado absolutamente libre -Friedman-, pero sostenido por la intervención pública -Keynes-. Las contradicciones resultan colosales. La verbalidad que se maneja es absolutamente incoherente. Acerca del futuro también difieren los prebostes. Unos creen que el drama acabará dentro de dos o tres años -los progresistas-; otros afirman que lo peor aún no ha llegado -los reaccionarios-.
Mientras, unos y otros saquean las tesorerías estatales con extracciones de un dinero que no tiene visos de existir materialmente y que sugiere, por tanto, otra manipulación contable; precisamente idéntica a la que dio origen a la situación ruinosa presente. Y de todo esto ¿qué piensa el hombre de la calle? El hombre de la calle no piensa nada, simplemente está aterrado. El enigma está en que no sabemos si se quiere reedificar el capitalismo con medidas socialistas o si se aspira a un socialismo para capitalistas. Al respecto los dueños de nuestra existencia llegan a hacer confesiones hasta ayer inconfesables.
Pasemos a un segundo punto, asimismo fundamental en toda reflexión que se precie. La gran ola que ha asolado lo presuntamente más fuerte del sistema, ha dejado incomunicadas la economía financiera -que no es más que un combate de habilidades o destreza de florete- y la economía real o economía de las cosas -que es la economía cotidiana y sustancial que viste o desnuda al hombre. Ahora ha quedado visible, además, que aquello que interesa verdaderamente a los poderosos ya no es el dinero propiamente dicho sino el poder, arrogantemente deseado.
En el ara del poder están siendo sacrificadas millones de vidas como ofrenda al oro. Los adversarios de esta teoría, que sostengo con todo rigor, solamente pueden oponerle que quienes la sostenemos hablamos un lenguaje irreal, sin base alguna científica. Más aún: que disertamos desde la utopía respecto a la regeneración precisa, que a nuestro modo de ver únicamente puede darse con el socialismo interpretado en toda su extensión de bienes colectivos, intervención de las masas y nacionalizaciones imprescindibles, lo que conlleva un paso mucho más enérgico que el de la estatalización, que han realizado en su beneficio los que poseen la caja.
Necesitamos una crítica radical del estado, que ha de ser sustituido por un entramado político de carácter nacional donde el juego de ideas prescinda de los grandes rasgos burgueses de la acaparadora propiedad individual y de la poderosa acción financiera, religiosa o militar. ¿Todo esto es utópico? Es posible, pero ¿por qué siempre se ha de tener por utópico lo que libera, lo que nos convierte en iguales, lo que devuelve la soberanía a la calle? Y en cambio ¿por qué es únicamente real lo que representa un poder excluyente en el reinado de los grandes propietarios, tantas veces unidos en deleznables connivencias? ¿Por qué la misma defensa material de las reales aspiraciones socialistas constituye un crimen y por qué es alabada como prenda de paz social la violencia escandalosa que ejercen los estados mediante sus instituciones y leyes? ¿Qué nos ha arrastrado a dimitir de nuestra soberanía popular, declarándola peligrosa, para reconocer esa soberanía en quienes nos encarnecen?
Si es cierto que algo valemos hablemos con lenguaje honestamente revolucionario. ¿Por qué no? El primer acto de la revolución necesaria -lo que se precisa es revolución y no bajar el dobladillo- consiste en liberarnos de contenidos lingüísticos que impiden el acceso a la razón apropiada para la democracia, que no ha de ser nueva sino auténtica en todas sus dimensiones. Los prestímanos, abstenerse. O aceptamos de una vez que los ciudadanos que ocupamos la calle no hablamos con nuestra lengua y usamos de una moralmente extranjera o las palabras seguirán constituyendo los grilletes que impiden a la razón lograr un horizonte nuevo.
El Sistema, y hay que escribirlo con mayúscula a fin de declararlo realidad fundamental y no sólo una modalidad ortográfica, trata ahora de parir reformas que se hunden en vagas peticiones morales de arrepentimiento individual a fin de recuperar banqueros honestos, gobiernos sociales, policías honradas, justicia independiente y economía equilibrada. Bien. Utópico diría ahora. Utópico no porque todo ello resulte inalcanzable, sino porque resulta imposible que tanta honestidad brote del conocido y maldito árbol del sistema imperante.
Cuando hace años, y ante la guerra, se postuló la paloma de la paz como insignia universal de la única revolución posible, se prescindió de un detalle inestimable: que los huevos de las palomas de la paz en ocasiones pueden ser, si no se tiene en cuenta su tamaño, huevos de cocodrilo. De esta confusión nació la campaña contra los regímenes populares -los cocodrilos- y el sahumerio de las llamadas democracias liberales -las palomas-. ¿Pero de qué son los huevos hoy? ¿De paloma o de cocodrilo?
La confusión existente culmina con una política que no tiene pies ni cabeza, ni coherencia alguna: se introducen medidas nacionalizadoras -invento socialista- para depurar los activos manipulados por financieros perversos -invento capitalista- con el fin de reanudar la regata insolente que ha desangrado a la sociedad de los trabajadores. ¡Grandes pícaros estos caballeros que se han apoderado ahora del dinero de la calle para sanear su mercado y así encarrilarnos otra vez por el camino del disparate y el robo. Mas si no vemos la clamorosa trampa ¿a dónde vamos si no a poner la cabeza en el tajo? Todo esto resulta de un biblismo risible.
En resumen, si la socialización de la vida resultaba hace cuatro días algo inadmisible por su malignidad, hoy, los que se mesaban los cabellos ante la propuesta del colectivismo como forma de vida, confiesan que hay que echar mano de una socialización en tránsito para restaurar el nivel de las aguas que les permita seguir navegando en corso. Para lograrlo claman que si su arca naufraga pereceremos las parejas de animales que viajamos en la bodega camino de la tierra capitalista que debemos rescatar. Y confían en que el futuro restaurador sucederá porque han visto un ave con un ramo de olivo en el pico. Un ave que han soltado con subitez sospechosa la Reserva Federal Norteamericana, los obedientes bancos centrales y los organismos internacionales en cuyas contabilidades yace el dinero ordeñado a la sudorosa colonia internacional para proceder a la enloquecida compra de los valores tóxicos que han acabado por envenenarles el banquete.
No hay nada tan inconveniente para la salud como hablar de democracia y dinero con la boca llena. Cuando los banqueros eran más elegantes y mentían cortésmente con los educados embelecos de la burguesía trasegaban con parsimonia un trago de buen vino antes de echarse nuevamente a la boca una templada pechuga de cliente. Pero llegaron los banqueros serranos y creyeron que nada acercaba tanto y tan rápidamente el pincho de caviar como el trabuco.
(*) Insurgente
La inmensa e indiscutible calidad de los artículos de Don Antonio Alvarez Solis hace que nuestros plumíferos locales (llenos de argollitas y egos superhinchados) regresen -como por un tubo- a su nivel de profundidad: el del plato de sopa.
De léctura obligada y de colección.
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viernes, 21 de noviembre de 2008

CLASES MAGISTRALES






Las naciones y el bipartidismo
por AntonioÁlvarez-Solís

Habitualmente, los partidos políticos que están muy institucionalizados son incapaces de protagonizar hechos revolucionarios, como es el de la independencia de un país o la socialización de la economía. Es más, sus votantes suelen vagar por un espeso reformismo que contribuye a la pervivencia del modelo establecido. Este tipo de partidos se apoyan en una sensación que es experimentada en la calle de modo muy concreto: el vértigo o temor agudo que atenaza a los seres humanos sumergidos en la abulia ante la invitación revolucionaria. La historia está plagada de épocas de muerte lenta preferida a la vivificante acción revolucionaria, que sufre en su gestación y aún implantación, caso de triunfo, el feroz y continuado ataque del lenguaje instalado, preñado de descalificaciones burdas del proceso innovador.
Lo habitual en la vida política es que los partidos profundamente institucionalizados pierdan o debiliten gravemente su ideología inicial y consagren la mayor parte de sus energías a perpetuarse como aparato de poder, llegando en algunos casos, como sucede a los dos grandes partidos españoles, a urdir una legislación que impida el acceso a los centros de decisión a aquellas organizaciones que pongan en riesgo su liderazgo.
Los partidos poderosos se apoyan en un tupido entramado de intereses que, contrariamente a lo que dicta la razón, son admitidos como los únicos posibles e incluso como base sólida de una vida en paz. Estos intereses son elevados a ideología. Para respaldar esta imagen de inevitabilidad del modelo los partidos preferidos en las urnas suelen atribuirse logros que dimanan no de su acción política y administrativa, sino del natural proceso vital que es propio de la acción mecánica de la ciudadanía. Son partidos que únicamente naufragan cuando esa misma mecánica que constituye el sistema llega al agotamiento de su potencia y produce el desbarajuste social. Es entonces cuando los partidos que han acampado extramuros del sistema han de estar debidamente preparados para abrir el camino al cambio radical de modelo. No hay revolución posible sin que previamente sea asumida por las masas. Precisamente la amenaza potencial que para el sistema suponen las organizaciones minoritarias que encarnan las ideologías alternativas lleva a los partidos institucionalizados a combatirlas con todo tipo de armas, incluidas aquellas que repugnan a cualquier conciencia honesta.
Así, la manipulación ideológica de la violencia de respuesta a la indigna coacción institucional convierte esa violencia tantas veces defensiva en una forma de crimen que debe erradicarse con toda suerte de herramientas, incluyendo en muy primer lugar el control de los medios de comunicación. También es arma preferente e insidiosa el diseño de un cierto número de conceptos que conmueven profundamente al ciudadano común, como es el concepto del peligro inmediato y amenazador protagonizado por núcleos armados que son proclamados a todos los vientos como bandas puramente criminales desnudas de objetivos políticos y sin otra pretensión que la muerte y la delincuencia común. Frente a esas organizaciones suele el poder diseñar una imagen de protección ciudadana contra las mismas que concita la adhesión temerosa de la ciudadanía ya desconcienciada y evita al tiempo toda vía de negociación razonable.
Obviamente, esta manipulación de la realidad restringe el partidismo a unos pocos partidos que protagonizan de modo igual la política represiva y que, con ello, reducen la libertad al marco que ellos ocupan. Por lo general, estas maniobras descalificadoras de toda ideología alternativa suelen acabar en un bipartidismo que enclaustra a la sociedad en un proceso faccioso que cierra el horizonte para cualquier porvenir que no pertenezca al diseño de los partidos institucionalizados. En el seno de ese bipartidismo todo queda condicionado a cuatro o cinco elementos esenciales compartidos por las dos grandes organizaciones turnantes que terminan secuestrando la democracia y reduciendo la política a pura administración, escuálido terreno sobre el cual los dos partidos tratan de manifestar sus diferencias epidérmicas como prueba de una libertad ordenada y aceptable. Esta situación se ha producido de modo históricamente constatable. El bipartidismo ha acabado con la misma democracia liberal, que requiere otra amplitud, o la ha impedido ya de principio, como es el caso de España mediante la llamada Restauración. España vive una política de restauración constante, ejemplo de la cual ha sido la transición, que ha resultado un canovismo carente, además, de toda calidad. La circulación política española es como un paseo en el patio de una cárcel, con sus correspondientes horas de recreo: el aire circula sempiternamente entre cuatro muros. Es la democracia de once a once y media de la mañana.
Ahora, el bipartidismo, que se quiere hacer extensivo a Euskadi, persigue el mantenimiento del status quo mediante el que los vascos seguirán siendo ciudadanos españoles de segunda clase con cierto y restrictivo adobo de medidas autonómicas que actúen como el tan consabido opio del pueblo. Todas las medidas judiciales y policiales que maneja el Gobierno de Madrid están encaminadas a lograr un pacto entre los nacionalistas llamados moderados -no sé realmente en qué puede consistir un nacionalismo moderado, a no ser que adopte un elevado contenido de actividad lúdica- y los socialistas, que han reducido su mísero y engañoso jacobinismo social al ejercicio territorial del nacionalismo españolista. Un jacobinismo repleto de un férreo sentido de la propiedad del terreno de juego político, que ha convertido la Constitución en un soporte ante el que ha de practicarse la obediencia debida e incondicionada y no la obediencia obsequiada, que sería lo adecuado para lustrar la importancia de un documento de tal importancia.
El reduccionismo institucional a dos partidos supone por sí mismo la expulsión de miles de ciudadanos del ejercicio político; dividir la masa social en ciudadanos aceptables y en agotes. Es más, el bipartidismo va fabricando una ciudadanía cansina, alejada de toda creación pública y refugiada en ámbitos personales siempre esterilizantes. El vigor popular desaparece y sobre la vida social se extiende un velo tupido y agostador; precisamente lo que buscan para perpetuarse sin riesgo alguno los partidos que protagonizan la farsa democrática de unas elecciones con resultados conocidos, al menos respecto a las cuestiones fundamentales.
Euskadi ha mantenido su vigor nacional y su posibilidad de un anhelado futuro soberano merced a su práctica de un multipartidismo que durante años ha mantenido a la sociedad vasca atenta y vigilante en la calle. De momento ese multipartidismo no es posible en el ámbito institucional, pero puede vivir ideológicamente en múltiples ámbitos de la existencia colectiva euskaldun. Todo consistirá en crear marcos en que la actividad ideológica del abertzalismo sea suficientemente dinámica para mantener viva la esperanza e ir convirtiéndola en hechos. Los sindicatos, las asociaciones vecinales, las organizaciones sectoriales, la universidad, los entes de cultura pueden protagonizar la batalla política que siga sosteniendo de hecho un multipartidismo que evite la congelación de la sociedad vasca. Mientras ese multipartidismo exista en la realidad de la calle y se produzca con eficacia puede velar y empujar la actividad institucional -en la cual pueden existir aliados convenientes-, convoyándola críticamente hacia horizontes esperanzadores. Si es así pienso que la nación vasca tendrá el futuro que le corresponde.

(*) Insurgentes.

Este blog firma la causa del pueblo vasco como propia.
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