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martes, 12 de mayo de 2009

PLANETA TERROR





Primavera de zombis
Joseph Stiglitz


A despecho de algunos brotes primaverales exagerados y celebrados con un insensato optimismo digno de mejor causa, deberíamos prepararnos para otro invierno sombrío. Llegó la hora del Plan B para reestructurar la banca. Y de otra dosis de medicinas keynesianas.A medida que va entrando la primavera en los EEUU, los optimistas ya ven “brotes verdes” de recuperación de la crisis financiera y de la recesión. El mundo es muy distinto de lo que era la primavera pasada, cuando la administración Bush, una vez más, decía ver “la luz al final del túnel”. Las metáforas y las administraciones han cambiado. No, por lo visto, el optimismo.La buena noticia es que podríamos estar al final de una caída en picado. La tasa de declive se ha desacelerado. El fondo puede que esté cerca; tal vez se toque a fines de año. Pero eso no significa que la economía global se halle en situación de recuperarse de manera robusta en un tiempo cercano. Tocar fondo no es razón para abandonar las drásticas medidas tomadas para revivir la economía global.Este desplome es complejo: una crisis económica combinada con una crisis financiera. Antes de que se produjera, los endeudados consumidores norteamericanos eran el motor del crecimiento global. Ese modelo ha quebrado, y no se hallará substituto de un día para otro. Porque, aun si los bancos norteamericanos gozaran de buena salud, lo cierto es que la riqueza de los hogares ha sufrido daños devastadores, y los norteamericanos se hipotecaban y consumían suponiendo que los precios de sus casas seguirían subiendo eternamente.El colapso del crédito empeoró las cosas; y las empresas, enfrentadas a unos costes crediticios al alza y a unos mercados a la baja, respondieron al punto recortando inventarios. Los pedidos cayeron abruptamente –proporcionalmente, mucho más de lo que cayó el PIB—, y los países que dependían de bienes de inversión y duraderos –desembolsos postergables— recibieron un correctivo particularmente duro.Es probable que asistamos a una recuperación en algunas de las áreas que tocaron fondo entre fines de 2008 y comienzos de este año. Pero hay que percatarse de lo que ocurre en los fundamentos de la economía: en EEUU, los precios de los bienes raíces siguen cayendo, millones de hogares están con el agua al cuello, con unas hipotecas que valen más que el precio de mercado de la vivienda y un desempleo al alza, con centenares de miles acercándose al final de las 39 semanas de cobertura del paro. Los estados se ven forzados a despedir trabajadores, a medida que se desploman sus ingresos fiscales.El sistema bancario acaba de ser sometido a un test para averiguar su grado de capitalización –un test de “stress” nada “estresante”—, y algunos no pudieron pasar la prueba. Pero, en vez de dar por bienvenida la ocasión de recapitalizarse (tal vez con ayuda pública), los bancos parecen preferir una respuesta a la japonesa: saldremos, mal que bien, del paso.Los bancos “zombis” –muertos, pero todavía circulando entre los vivos— están, conforme a las inmortales palabras de Ed Kane, “apostando a la resurrección”. Repitiendo la debacle de Savings&Loan en los 80, los bancos recurren a la contabilidad tramposa (se les permitió, por ejemplo, mantener en sus libros activos problemáticos sin obligarles a la depreciación, en la ficción de que esos activos podrían llegar a madurar y, de uno u otro modo, sanearse). Peor aún: se les permite tomar préstamos baratos de la Reserva federal estadounidenses, respaldados por un colateral ínfimo, para, simultáneamente, adoptar posiciones de riesgo.Algunos bancos declararon ingresos en el primer trimestre de este año, la mayoría dimanantes de la prestidigitación contable y de los beneficios comerciales (léase: especulación). Pero eso no hará que la economía vuelva a funcionar rápidamente. Y, si las apuestas salen mal, el coste para el contribuyente norteamericano será todavía mayor.El gobierno estadounidense también está apostando a salir, mal que bien, del paso: las medidas de la Fed y las garantías del gobierno entrañan el acceso de los bancos a fondos baratos y unos tipos de interés altos para los créditos. Si no pasa nada desagradable –pérdidas con las hipotecas, con los bienes raíces comerciales, con los préstamos a las empresas y con las tarjetas de crédito—, los bancos podrían llegar a ser capaces de levantar cabeza sin verse sumidos en otra crisis. En unos cuantos años, los bancos estarían recapitalizados, y la economía regresaría a una senda de normalidad. Este es el escenario de color de rosa.Pero las distintas experiencias hechas en todo el mundo sugieren que esta es una perspectiva erizada de riesgos. Aun con unos bancos saneados, el proceso de desapalancamiento y la consiguiente pérdida de riqueza significan que, muy probablemente, la economía será débil. Y una economía débil significa, muy probablemente, más pérdidas bancarias.Los problemas no se limitan a los EEUU. Otros países, como España, tienen sus propias crisis inmobiliarias. La Europa oriental tiene sus problemas, que repercutirán probablemente en unos bancos europeo-occidentales muy apalancados. En un mundo globalizado, los problemas en una parte del sistema reverberan al punto por doquiera.En anteriores crisis, como la que se cebó con el Este asiático en la década pasada, la recuperación fue rápida, porque los países afectados pudieron hacer de la exportación su vía hacia una renovada prosperidad. Pero ahora se trata de una caída sincrónica global. Norteamérica y Europa no pueden hacer de la exportación la vía de salida de sus tribulaciones.La estabilización del sistema financiero es una condición necesaria, pero no suficiente, para la recuperación. La estrategia norteamericana para estabilizar el sistema financiero es costosa e injusta, porque pasa por recompensar a quienes causaron la catástrofe económica. Pero hay una alternativa que, en substancia, significa jugar con las reglas de una economía normal de mercado: trocar deudas por acciones.Con un trueque tal, la confianza regresaría al sistema bancario, y se reiniciaría el préstamo sin apenas costes para el contribuyente. Ni es particularmente complicada la cosa, ni es novedosa. Obviamente, a los tenedores de obligaciones y bonos no les gusta nada: preferirían un regalo del gobierno. Pero hay usos del dinero público harto mejores que eso, incluida una nueva ronda de estímulos.Toda caída tiene un final. La cuestión es la duración y la profundidad de esa caída. A despecho de algunos brotes primaverales, deberíamos prepararnos para otro invierno sombrío: llegó la hora del Plan B para reestructurar la banca. Y de otra dosis de medicinas keynesianas.Joseph Stiglitz es profesor de teoría económica en la Universidad de Columbia, fue presidente del Council of Economic Advisers entre 1995 y 1997, y ganó el Premio Nobel de Economía en 2001. Actualmente, preside la Comisión de Expertos nombrada por el Presidente de la Asamblea General de Naciones Unidas para el estudio de reformas en el sistema monetario y financiero internacional.

Traducción para www.sinpermiso.info: Roc F. Nyerrohttp://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=2562

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martes, 21 de abril de 2009

ECONOMÍA ENVIAGRADA





¿Qué quiere decir estimular la economía?
Vicenç Navarro
Rebelión

La crisis financiera
Todos los datos muestran que estamos ya en una recesión profunda que podría convertirse en una Gran Depresión Mundial, resultado de la confluencia de dos crisis, una financiera y otra económica, que han coincidido en el tiempo, creando la tormenta económica perfecta. La primera se debe al comportamiento de carácter especulativo del capital financiero (que quiere decir la banca y las cajas) y cuyo síntoma más visible es la falta de crédito, sin el cual la economía no funciona. Y esta falta de crédito se debe, según dice el propio capital financiero, a la escasez de dinero. Paradójicamente, los bancos y las cajas no tienen dinero. Resulta que en la época expansiva (y especulativa) de la economía dieron prestado tanto dinero que ahora tienen dificultades en recuperarlo. También tienen problemas en conseguirlo de otros bancos. De ahí que estén ahora pidiendo dinero del estado para que puedan prestarlo. Es lo que llaman “problemas de liquidez”, es decir, que necesitan más dinero para que puedan entonces prestarlo y así abrir el grifo del crédito. Y están recibiendo millones y millones de euros y libras esterlinas en Europa y de dólares en EE.UU. Nunca antes se había absorbido tanto dinero público por el capital financiero.
En un programa radiofónico reciente en EE.UU. hubo el siguiente intercambio que merece reproducirse. Un chico de 14 años le hizo la siguiente pregunta al poderosísimo asesor económico de la oficina del Presidente de EE.UU., el Sr. Lawrence Summers, “¿por qué el Estado no le presta dinero directamente a la gente y a las empresas en lugar de hacerlo a través de los bancos?”. El Sr. Summers le respondió que el sector privado es más eficiente que el publico, a lo cual el chico, muy avispado él, le preguntó de nuevo “Pero si son tan eficientes, ¿por qué han creado el problema que han creado, y por qué el estado ahora tiene que salvarlos?”. El Sr. Summers, que había recibido millones de dólares de los bancos como su asesor antes de tener el cargo público que tiene ahora, no pudo contestarle. Este intercambio refleja el grado de descrédito y desorientación del pensamiento liberal. Podemos ver estos días a economistas ultraliberales que fueron los arquitectos de la desregulación de la banca (permitiéndoles que no tuvieran frenos en su comportamiento especulativo), tales como el Sr. Greenspan, el gobernador del Banco Central Estadounidense (The Federal Reserve Board), que están pidiendo la nacionalización de la banca, es decir, pidiendo que el estado controle la banca, mejore su eficiencia, compre y venda a precios subvencionados las hipotecas basura y otros productos tóxicos, y luego –sí, siempre hay un después- la privatice de nuevo. El chico de 14 años hubiera preguntado: ¿y por qué, si el Estado lo hace mejor y así lo reconocen cuando le piden que sanee la banca, no continúa controlando directamente el crédito, y continúa con una banca pública?
Lo que los economistas conservadores y liberales (y algunos confusos economistas en los partidos de centro izquierda) están pidiendo es que el Estado (que quiere decir, los ciudadanos) socialice las pérdidas para que la banca continúe sus ganancias. Como dijo un dirigente sindical estadounidense, “estamos viendo el socialismo para los ricos y el capitalismo duro para todos los demás.
Los costes no sólo sociales y económicos de estas políticas privatizadoras del crédito, así como la privatización de los bancos públicos, han sido elevados. Durante el periodo 1945-1970, la época de mayor crecimiento económico del mundo, el Estado era en la mayoría de países la entidad responsable de garantizar el crédito, en gran parte, a través de la Banca pública. Fue en la época neoliberal durante la mal llamada liberalización del capital financiero (en que se privatizó el crédito y se dio plena autonomía a los bancos públicos centrales), que el crecimiento económico descendió siendo menor que en el periodo 1945-1970. (Ver Navarro, V. Globalización, Neoliberalismo y Estado del Bienestar. Ariel Económica. 2002).
La crisis económica
La escasez de crédito determina un descenso de la actividad económica, Pero esta ralentización económica antecede la crisis financiera. La mayoría de personas de nuestras sociedades consiguen el dinero para poder comprar lo que necesitan y desean a través del salario. El gran secreto de los últimos treinta años es que el salario horario de los trabajadores de la manufactura (los mejor pagados y que se convierten en el punto de referencia para el nivel salarial de un país) ha ido descendiendo en la mayoría de los países ricos (la OECD). No se ha notado en las familias porque el número de horas trabajadas ha aumentado. Y el número de miembros que trabaja en las familias también ha aumentado (la entrada masiva de la mujer en el mercado de trabajo es el fenómeno social más importante de este periodo). Así y todo llegó un momento que ni con estos cambios podían las familias mantener su standard de vida. Para mantenerlo, debieron endeudarse.
Y los que se beneficiaron de este endeudamiento eran principalmente los bancos y las cajas. Ahora bien, incluso así, llegó un momento en que ya no pudieron endeudarse más, en parte porque la oferta de crédito disminuyó (por las causas citadas anteriormente) y, más importante, porque no podían pagar las deudas. La mayoría tenía dificultades para llegar a fin de mes. Esta es la causa del problema que se llama falta de demanda. La gente no compra porque no tiene dinero. Y la economía se para.
Las posibles soluciones
Las soluciones son varias y se repiten cada vez que la economía entra en recesión. En EE.UU., el primero en desarrollar medidas de estímulo de la economía fue el Presidente Roosevelt, y el último el Presidente Obama. El Estado es el primer responsable de estimular la economía para que ésta crezca y cree empleo. Ahora bien, esto puede hacerse de dos maneras. Una, preferida por economistas conservadores y liberales, es bajando los impuestos y dando dinero directamente a la gente. (Los 400 dólares y euros que Bush y Zapatero dieron a la ciudadanía). Ahora bien, tales medidas de estímulo tienen un impacto estimulante muy reducido, pues la mayoría de la población, que está enormemente endeudada, suele utilizar este dinero más para pagar sus deudas que para consumir e incrementar la demanda. La evidencia de ello es abrumadora. Dos terceras partes de la población estadounidense utilizó el dinero obtenido en las transferencias de 400 dólares del gobierno Bush para pagar sus deudas. El otro problema de estas transferencias es que el incremento de la demanda puede estimular la economía del país productor de los productos consumidos que puede no ser el que recibe las transferencias. Durante la Gran Depresión, el 92% del consumo estimulado por las transferencias públicas al ciudadano estadounidense se hizo en productos fabricados en EE.UU. Hoy tal porcentaje es sólo del 52%.
La otra medida para estimular la economía a fin de que se cree empleo es que el Estado desarrolle políticas públicas para crear empleo directamente, a través del desarrollo de obras públicas o expansión de los servicios públicos. El Presidente Roosevelt expandió enormemente el gasto público y gran parte de esta expansión fue para desarrollar la infraestructura física, humana y social del país que todavía existe en EE.UU. y que se conoce como el New Deal. El Presidente Obama, en su propuesta de presupuesto federal (debatido ahora en el Congreso) invierte grandes cantidades para corregir el enorme déficit de infraestructuras existente en aquel país, además de invertir en las energías renovables y otras inversiones de carácter ecologista. Otro capítulo de gasto público muy importante del presupuesto Obama ha sido en los servicios públicos del estado del bienestar, tales como sanidad y educación y servicios sociales.
La crisis como oportunidad
Esta expansión del gasto público puede verse como una inversión provisional para resolver la crisis. Un artículo característico de este enfoque es el del economista Carlos Losada, director de ESADE, un centro de estudios empresariales en Cataluña, en el diario El País (16.04.09), que en su artículo “Hace falta coraje” ve este crecimiento del gasto como provisional, de manera que cuando la economía se recupere, el gasto volverá a descender y las inversiones dejarán de realizarse. Otra visión distinta, sin embargo, es la que se presenta en el presupuesto de la administración Obama, que utiliza la crisis como una oportunidad para desarrollar el programa que su administración desea y que sería de difícil aprobación por los establishments económicos y financieros estadounidenses en tiempos normales. Como dijo el economista Jared Bernstein, que había sido co-director del Economic Policy Institute (un centro de estudios económicos próximos a los sindicatos estadounidenses) antes de incorporarse a la Administración Obama como director de la oficina económica del Vicepresidente Joe Biden, “sería un error de dimensiones históricas no aprovechar esta oportunidad única de la crisis para desarrollar el programa que las fuerzas progresistas han deseado por tanto tiempo”. De ahí que sea comprensible la fuerte oposición del Partido Republicano al presupuesto de la Administración Obama. Tienen gran temor de que el desarrollo de tal programa (que es muy popular) pudiera asegurar el gobierno al Partido Demócrata por muchos años, de manera semejante a como el New Deal del presidente Roosevelt garantizó el dominio del Partido Demócrata en el gobierno (ejecutivo y legislativo) por varias décadas.
Tal visión no ha existido hasta ahora en el gobierno socialista español. En realidad, las fuerzas conservadoras y liberales (lideradas, en parte, por el Banco de España y por la CEOE) están aprovechando la crisis para promover las políticas públicas que han presionado durante años, proponiendo una mayor reducción del gasto público, una mayor desregulación de los mercados laborales y una menor carga impositiva para las rentas del capital.
¿Cómo se debería pagar el estímulo económico?
Tal estímulo debieran pagarlo aquellos que se beneficiaron intensamente de las políticas liberales que les produjeron unos beneficios exuberantes. El Presidente Obama lo está haciéndolo en parte, incrementando el impuesto de los ricos, el 3% de la población con renta superior (por encima de 250.000 dólares al año), y gastando este dinero en sanidad y educación, medida enormemente popular que explica el amplio apoyo de la población al Presidente Obama. En España, otra medida, debería ser la corrección del fraude fiscal que alcanza la cifra del 10% del PIB. Deberían aumentarse también los impuestos de las clases pudientes, corrigiendo las enormes desigualdades que existen en nuestro país. España es uno de los países, junto con EE.UU. y Gran Bretaña, que tiene mayores desigualdades de renta en los países desarrollados. El Presidente Obama está intentando reducir aquellas desigualdades, gravando más a los grupos más pudientes. No ha habido tal intento por parte del gobierno Zapatero.
Otra manera de pagar la expansión, sería a base de aumentar el déficit del estado. Ahí es importante aclarar que no todo déficit público estimula la economía. Si el crecimiento del déficit se debe primordialmente (como es, en parte, el caso español) a que los ingresos al Estado han disminuido, entonces no se añade más dinero a la economía y el impacto estimulante es menor. Ni que decir tiene que si el gasto público también disminuyera y los impuestos bajaran más (que es lo que las derechas en España –el PP- y en Cataluña CIU proponen) el efecto estimulante sería incluso negativo, desacelerando la economía de una manera muy marcada. Tales recetas de la derecha económica son una nota de suicidio económico.
Otra medida muy importante de estímulo a la economía es el crecimiento de los salarios. Así el Presidente Roosevelt aprobó la Ley Wagner Act que estableció los sindicatos en EE.UU., facilitando así la presión de los trabajadores para conseguir mayores salarios. El Presidente Obama, ahora, está apoyando la propuesta de los sindicatos para reforzar la sindicalización en aquel país. En la Unión Europea, sin embargo, la mayoría de gobiernos conservadores y liberales están pidiendo una congelación salarial, una política profundamente errónea que entorpecerá la recuperación económica. En realidad, la causa profunda de la recesión-depresión mundial es, tal como he documentado en otro texto, la polarización de las rentas a nivel mundial y en cada país. La enorme exuberancia de las rentas del capital (que se invirtieron en actividades especulativas) se ha hecho a costa de las rentas del trabajo que al descender crearon el problema de la falta de demanda.
¿Cómo están respondiendo los gobiernos a la crisis?
Para saber el tamaño del estímulo económico, no pueden sumarse todos los gastos (gastos para ayudar a la banca, gastos para reducir los impuestos, gastos para crear puentes y gastos para la santidad y la educación) en el mismo capítulo y presentarlos como el esfuerzo que hace un país para estimular la economía. Esto es lo que hacen los medios y esto es lo que dicen los gobiernos y la Unión Europea, mezclando naranjas con plátanos y contándolo todo como si fueran nueces. Así, cuando el Sr. Barroso, Presidente de la Comisión Europea, dijo que la Unión Europea está haciendo un esfuerzo estimulante sin precedentes semejante al de EE.UU., con un aumento del gasto equivalente al 3,3% del PIB europeo, él estaba haciendo esto. De ahí que el Sr. P.N. Rasmussen, Presidente del Partido Socialista Europeo, le criticara, con razón, diciendo que estaba manipulando los datos. “Sr. Barroso –le dijo Rasmussen- no es cierto que la Unión Europea haya programado un plan de relanzamiento económico del 3,3% del PIB. Estímulo quiere decir nuevos fondos para estimular la economía y crear empleo. En realidad, sólo un 1,1% del PIB va a este fin”.
El estímulo económico
Veamos ahora qué ocurre en España. La Organización Internacional del Trabajo acaba de publicar un excelente informe The Finance and Economic Crisis: A Decent ­­­­­­­­­­Work Response (que como siempre ha pasado desapercibido en la mayoría de medios españoles que están sumergidos en la cultura económica liberal) que desagrega los distintos elementos del gasto público destinado por los gobiernos a estimular la economía, analizando su impacto estimulante. China es el país que está invirtiendo más en estimular su economía (13,5% del PIB); en EE.UU. es un 5,5% y en España un 0,8% del PIB, uno de los más bajos de la UE (¡y la derecha lo quiere bajar todavía más!), e Italia (donde acabamos de ver enormes protestas populares) es incluso más bajo (0,3%). Este tipo de gasto (que el informe define como estímulo fiscal) es distinto al gasto que los gobiernos hacen en ayuda a la banca. Y aquí vemos que España, que es uno de los países que gasta menos en estímulo fiscal es de los que se gasta más en ayuda a la banca y cajas (14% del PIB). En realidad, España se gasta en términos porcentuales en ayuda a la banca más que EE.UU. (5,1% del PIB). Alemania, Francia y Gran Bretaña se gastan más que España: el 19,8%, 19% y 28,6% respectivamente. Ello corresponde al enorme poder que el capital financiero tiene en estos países. La Administración Obama se gasta más en estímulo fiscal (5,8% del PIB) que en ayuda a los bancos (5,1%).
Igualmente interesante es ver como los países se gastan su estímulo fiscal. Las cuatro categorías mayores son en infraestructuras físicas o sociales. China, EE.UU., Japón y Portugal son los países que han incrementado más el gasto en tales infraestructuras. No así en España, que ha dedicado más a la categoría de Transferencias a los consumidores a través de la reducción de impuestos y transferencias a grupos vulnerables. La otra categoría es ayudas fiscales a las empresas como por ejemplo ayudas a la industria. Una última categoría es ayuda a los municipios con el objetivo explícito de crear empleo. Aquí España, junto con EE.UU. y Francia, aparecen a la cabeza de la lista aún cuando las cantidades en España son menores. Sería de desear que España invirtiera mucho más de lo que hace en estas y otras estructuras, incluyendo en las áreas sociales que son en España muy deficitarias. España continúa hoy siendo el país con un gasto público social por habitante más bajo de la UE-15. No ha habido conciencia en el equipo económico del gobierno socialista de que el estado del bienestar es una inversión de gran rentabilidad y estímulo económico.
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EL TUNEL DEL TIEMPO... DIRÁ



¿Salimos del túnel?
Juan Torres López

Está circulando la idea de que la economía de Estados Unidos, y con ella la del resto del mundo, comienza salir de la crisis y que en muy pocos meses los datos de coyuntura cambiarán de registro para anunciar una sólida recuperación económica. Y es natural que la gente se pregunte si se trata más de un deseo que de una realidad contrastada.
Las razones que se están dando para argumentar esa opinión son variados. Se afirma que los multimillonarios planes de gasto de Obama no pueden tardar en espolear de nuevo al consumo y con él a las ventas y a la rentabilidad empresarial. También argumenta que los bancos comienzan a mostrar más actividad y resultados positivos, lo que definitivamente podría reavivar el crédito. Y, por supuesto, se piensa que con tipos de interés tan extraordinariamente bajos la recuperación no puede tardar en aparecer gracias a las mayores facilidades que representan para el consumo y la inversión.
Otros argumentos son bastantes más forzados. Algunos mantienen que la coyuntura cambiará de signo en este momento porque, si no, la recesión sería tan larga como la que más, algo que no se sabe bien por qué se considera que no pueda ocurrir. O incluso se dice que no llegará a ser tan grave como la Gran Depresión del 29 porque ahora, a diferencia de entonces, no se ha reducido la oferta monetaria sino que se ha estado inyectando liquidez casi sin descanso. Gracias, se dice, a que la Reserva Federal de Estados Unidos está dirigida por un académico que pasa por ser un gran experto en el análisis de aquella crisis.
Algunos datos podrían avalar efectivamente este cambio de tendencia. Los indicadores de ventas de algunos tipos de viviendas en Estados Unidos y la cartera de pedidos en algunas industrias parece que han comenzado a detener su caída, las encuestas de confianza a directivos y consumidores reflejan una cierta mejoría e incluso se podría interpretar que la caída del consumo se hubiera detenido.
¿Es suficiente todo ello para pensar que salimos de la oscuridad del túnel? Yo comprendo que un elemento esencial para salir de esta crisis es devolver la confianza a consumidores y empresarios y que decir que se está acabando puede contribuir a ello. Pero eso es una cosa y otra es confundir el deseo con la realidad, incluso cuando también hay que evitar el resaltar siempre y sobre todo los aspectos negativos de la situación.
Es verdad que los planes de gasto que han puesto en marcha las administraciones, y especialmente en Estados Unidos, han evitado que se produzca un colapso generalizado de la actividad económica, aunque en algunas industrias y sectores en realidad se haya estado y se esté muy, muy cerca de ello. Y lógicamente, eso ha repercutido en la mejoría relativa que se contempla en algunos indicadores. Otra cosa es que sea seguro que eso sea suficiente y sostenible en los próximos meses. Cuando ahora se analizan en la distancia otros episodios recesivos se contemplan siempre en su desarrollo momentos de alzas momentáneas como pueden ser los que ahora estemos coyunturalmente viviendo dentro de un proceso inacabado de empeoramiento. No bastaría, pues, con una simple mejora sino que sería preciso que esta se sostuviera y se hiciera mucho más patente y generalizada en todos los sectores económicos.
El que fue Secretario de Trabajo con Clinton Robert Reich, comentaba hace poco que es posible que en Estados Unidos los consumidores estén disponiendo de algo más de liquidez gracias a los planes de Obama o incluso de los bajos tipos de interés, pero que eso no garantizaba mucho porque lo más probable es que las familias estén más preocupados que otra cosa por la evolución tan negativa del empleo y, por tanto, que el estímulo no se traduzca tan rápida o efectivamente como se está deseando en el la marcha general de la economía.
De hecho, me parece que al mismo tiempo es bastante evidente todo ese gasto no ha sido capaz hasta el momento de reactivar la vida económica suficientemente como indica, sobre todo, el constante aumento del paro y el aumento en el ahorro familiar.
Por otro lado, la teoría económica más elemental podría justificar la idea de que los tipos de interés tan bajos como los actuales necesariamente han de dinamizar el consumo y la inversión pero es que las cosas no funcionan como a veces se diseña en los manuales o en las cabezas de los dirigentes políticos. La realidad es que los tipos que están bajos son los oficiales pero en la práctica, cuando los empresarios o los consumidores van a las sucursales bancarias, lo que se encuentran son ofertas de crédito por las nubes: en España, los bancos estaban cobrando en enero una media del 11,58% en los préstamos al consumo y las cajas del 13,18%.
Lo que puede estar ocurriendo seguramente es que los bancos están salvando, aunque a esos precios muy altos, a sus clientes preferenciales y eso de alguna manera reactiva la situación pero no es realista pensar que esa sea una manera de dar oxígeno que a medio plazo resuelva la situación. Solo las empresas y consumidores más potentes pueden seguir funcionando con esos costes financieros y, en general, con el racionamiento del crédito todavía existente.
Por otro lado, la mejora en los balances bancarios que se interpreta como el origen de un definitivo incremento de la financiación que se necesita no es del todo real.
Se trata de beneficios forzados y probablemente momentáneos. Son expresión de esos márgenes que proporcionan los diferenciales de tipos entre el capital que reciben y el que prestan, ahora en niveles extraordinarios, de la masiva entrada de capital público y de los arreglos contables de los balances.
Después de haber hablado tanto de la necesaria independencia de los bancos centrales, ahora la Reserva Federal se está convirtiendo en la práctica en un instrumento fiscal más en manos de la política gubernamental y eso está permitiendo que los bancos aumenten su disponibilidad de capital pero de ninguna manera eso se está traduciendo en el incremento efectivo de la financiación. Entre otras razones, porque por muy elevada que está siendo es insuficiente si se tiene en cuenta que se estima que las pérdidas bancarias que habría que compensar solo en Estados Unidos tendrían un valor entre 1,3 y 1,5 billones de dólares.
Por otro lado, lo que está ocurriendo es que se están eliminando principios contables como el llamado "market-to-market" que obligaba a reflejar el valor de mercado actual de los activos y pasivos y gracias a lo cual los bancos pueden estar difiriendo o sencillamente ocultando su situación patrimonial.
Dentro de unos días se conocerá el "examen" que están pasando los bancos estadounidenses, ya después del maquillaje, y será el momento de saber hasta qué punto el stress que sufren es grave o no, aunque hasta el momento, y salvando el maquillaje contable, nada hace pensar que haya podido desaparecer la situación de insolvencia generalizada que paraliza la financiación de la actividad económica y que provoca la crisis.
Por otro lado, si fuera verdad que la economía estadounidense está cambiando de tónica, habría que tener en cuenta que ahora es cuando la crisis está afectando a nuevos países, como en América Latina y Europa del este, de modo que para que la economía mundial retomara la marcha no sería suficiente con un cierto despegue norteamericano sino que haría falta un impulso mucho más decidido, efectivo y dinámico.
En definitiva, yo creo que se puede afirmar que sí es cierto que se ha evitado el colapso pero que siguen latentes los problemas estructurales que dieron lugar a la crisis. No se ha avanzado prácticamente en nada en relación con la regulación financiera, la capitalización de los bancos se ha realizado a costa de una carga fiscal para los ciudadanos impresionante y si salvar definitivamente la insolvencia bancaria de partida y los diablos de la especulación y la continua generación de burbujas no han desaparecido del horizonte por muy disimulados que estén. Y para colmo, sabemos los peligros que conlleva tratar de buscar la reactivación a través de dinero muy barato cuando no se pone coto a los movimientos especulativos del capital. Si no se toman medidas más contundentes, y no solo en Estados Unidos, hablar de recuperación será una simple engañifa que se verá desmentida más pronto que tarde por nuevos episodios de inestabilidad y por un incremento continuado del paro y de las quiebras empresariales.

Juan Torres López es catedrático de Economía Aplicada (Universidad de Sevilla).
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